02 · Enigma y Turing
Enigma, Turing y la máquina que rompió el silencio
Una máquina de escribir que no escribe, tres ruedas dentadas y 150 trillones de combinaciones. Enigma no cayó por un fallo matemático: cayó porque los operadores eran previsibles.

En esta vitrina hay una máquina de escribir que no escribe. Tiene teclado, tiene lámparas y tiene tres ruedas dentadas que giran cada vez que se pulsa una tecla. Entre 1926 y 1945 fue el estándar de comunicaciones cifradas del ejército alemán, y su derrota —lograda por matemáticos polacos y británicos que trabajaron en secreto durante más de una década— acortó la Segunda Guerra Mundial en un plazo que los historiadores estiman entre dos y cuatro años.
Cómo funciona una Enigma

El principio es un cifrado polialfabético mecanizado. La corriente entra por la tecla pulsada, atraviesa el tablero de conexiones (Steckerbrett), pasa por tres rotores en serie —cada uno con un cableado interno distinto que permuta las 26 letras—, rebota en el reflector (Umkehrwalze) y regresa por el mismo camino en sentido inverso hasta encender una lámpara. Al soltar la tecla, el rotor derecho avanza una posición. La sustitución cambia con cada pulsación y el ciclo completo no se repite hasta después de 16.900 caracteres.

El espacio de claves de la Enigma militar con tablero de conexiones supera las 150 trillones de combinaciones (aproximadamente 1,59 × 1020). Probarlas todas era, y sigue siendo, imposible por fuerza bruta pura.
El error de diseño: el reflector
El reflector le daba a la Enigma una propiedad muy cómoda: cifrar y descifrar eran la misma operación. Si A se convertía en R, entonces R se convertía en A. El operador no necesitaba cambiar de modo.
Esa comodidad tuvo un precio fatal: ninguna letra podía cifrarse como sí misma. Es una restricción diminuta, y fue la grieta por donde entró todo el ataque aliado. Si sospechabas que un mensaje contenía la palabra WETTERBERICHT (“informe meteorológico”), podías deslizar esa palabra a lo largo del texto cifrado y descartar de inmediato toda posición en la que alguna letra coincidiera consigo misma. En pocos segundos se eliminaban la mayoría de las posiciones posibles.
Polonia llegó primero
La historia popular suele empezar en Bletchley Park. Empezó siete años antes, en Varsovia. En 1932, el Biuro Szyfrów polaco asignó el problema a tres matemáticos jóvenes: Marian Rejewski, Jerzy Różycki y Henryk Zygalski. Rejewski aplicó teoría de grupos —concretamente, el análisis de los ciclos de permutación— al procedimiento alemán de repetir la clave del mensaje al inicio de cada transmisión, y reconstruyó el cableado interno de los rotores sin haber visto nunca una máquina militar.
Los polacos construyeron la bomba kryptologiczna en 1938: seis Enigmas acopladas que probaban posiciones de rotor en paralelo. Cuando Alemania añadió dos rotores más a finales de 1938, el costo del ataque se multiplicó por diez y Polonia se quedó sin recursos. En julio de 1939, semanas antes de la invasión, en una reunión en el bosque de Pyry, entregaron a británicos y franceses todo lo que sabían, incluidas réplicas funcionales de la máquina. Sin esa entrega, Bletchley habría empezado desde cero.
La Bombe: convertir el criptoanálisis en industria

La primera unidad, llamada Victory, entró en operación en marzo de 1940. La Bombe no probaba claves al azar. Partía de un crib —un fragmento de texto claro que se suponía presente en el mensaje— y buscaba contradicciones lógicas. La máquina recorría posiciones a alta velocidad y se detenía únicamente cuando una configuración no producía una contradicción eléctrica. En lugar de buscar la respuesta correcta, eliminaba masivamente las incorrectas. Es exactamente la lógica de una herramienta de fuerza bruta moderna con poda del espacio de búsqueda.
Los cribs más productivos venían de la disciplina alemana. Los partes meteorológicos se enviaban a la misma hora todos los días con el mismo formato. Un puesto en el norte de África transmitía sin falta KEINE BESONDEREN EREIGNISSE (“sin novedades”) cada mañana. Bletchley llegó a pedir que se minaran zonas concretas del mar solo para forzar un informe alemán cuyo contenido ya conocían: la técnica se llamaba gardening, y es el ancestro directo del ataque de texto claro conocido.

Turing, más allá de la guerra

El aporte de Turing a la informática es anterior e independiente de Bletchley:
- 1936: en On Computable Numbers define la máquina universal de Turing y demuestra que existen problemas indecidibles. Es el acta de nacimiento teórica de la computación.
- 1939–1945: dirige la sección naval Hut 8 en Bletchley Park y desarrolla, además de la Bombe, el método estadístico bayesiano que bautizó Banburismus.
- 1950: en Computing Machinery and Intelligence propone el juego de imitación, hoy conocido como test de Turing.
- 1952: es condenado por “indecencia grave” por ser homosexual y sometido a un tratamiento hormonal forzado. Pierde su habilitación de seguridad.
- 1954: muere a los 41 años. En 2013 recibe un indulto real póstumo; en 2017 la “ley Turing” extiende ese perdón a miles de condenados por las mismas leyes.

Las otras piezas de la vitrina
El manual TM 11-380 y la máquina M-209. El equivalente aliado de campaña, diseñado por el sueco Boris Hagelin. Del tamaño de una lonchera, mecánico puro, sin electricidad: usaba seis ruedas de pines y una jaula de barras deslizantes. Su cifrado era más débil que el de Enigma y se sabía: estaba pensado para proteger órdenes tácticas cuyo valor caducaba en horas. Es un ejemplo temprano y muy consciente de modelado de amenazas: la seguridad se dimensiona según cuánto tiempo debe resistir el secreto.

El criptex es seguridad por oscuridad con dramatismo: cinco discos, una contraseña y una ampolla de vinagre que destruye el papiro si se fuerza. Ilustra a la perfección la diferencia entre la criptografía real —cuya fortaleza no depende de que el diseño sea secreto, sino de que la clave lo sea, principio formulado por Auguste Kerckhoffs en 1883— y la seguridad de película.
Lo que sigue vigente
Enigma no fue derrotada por un fallo matemático. Fue derrotada por claves reutilizadas, mensajes con formato predecible, operadores que elegían las iniciales de su novia como posición de rotor y un procedimiento que repetía la clave dos veces al inicio de cada transmisión. La matemática era sólida; el uso, no.
Ochenta años después, la mayoría de los hallazgos críticos en una prueba de intrusión no vienen de romper AES o RSA. Vienen de credenciales reutilizadas, valores por defecto que nadie cambió, nonces repetidos y protocolos correctos usados de forma incorrecta. La Enigma es el primer caso documentado de que el algoritmo casi nunca es el eslabón débil.



